
Jugar en la calle entrenaba una habilidad que hoy se pierde
Jugar en la calle aparece ahora como una forma cotidiana de entrenamiento psicológico: jugar en la calle reforzaba autonomía, orientación y resolución de conflictos. Investigaciones históricas y estudios recientes trazan cómo el espacio de libertad infantil se ha reducido y qué consecuencias tiene esa pérdida.
El psicólogo y geógrafo Roger Hart estudió a comienzos de los años 70 cómo los niños se movían por su entorno. Durante dos años siguió a 86 niños de un pequeño pueblo de Vermont para observar hasta dónde iban, qué lugares conocían y cómo construían su propio mapa del mundo. Su trabajo, publicado como Children’s Experience of Place, se considera clave para entender infancia, territorio y autonomía.
Décadas después, Hart volvió sobre la pregunta y halló una contracción notable del territorio infantil: lo que antes eran calles, descampados y recorridos propios se redujo por la presencia de supervisión adulta, agendas organizadas y miedo al riesgo. Ese cambio no solo implica ir menos al parque; modifica el tamaño del mundo que un niño puede explorar sin acompañamiento.
El concepto de home range —el territorio que un niño puede recorrer sin supervisión— ayuda a explicar por qué la pérdida del juego en la calle importa. Cuando los niños inventan y gestionan juegos, negocian reglas, discuten y resuelven conflictos, practican habilidades difíciles de enseñar en actividades dirigidas: cooperación, liderazgo, frustración, creatividad y toma de decisiones.
Un estudio difundido por Frontiers y desarrollado por investigadores de Dinamarca preguntó directamente a los niños qué hace que el juego sea bueno o malo. Los resultados señalaron que los menores valoran la inclusión, la imaginación, la emoción, la posibilidad de transgredir un poco las reglas y, sobre todo, sentir que el juego les pertenece. Uno de los investigadores resumió la idea con una frase provocadora: "callarse e irse".
Los riesgos pequeños y sus aprendizajes
Durante años se intentó eliminar cualquier riesgo de la infancia, pero la evidencia distingue entre riesgo y peligro. La Sociedad Canadiense de Pediatría defiende que el juego riesgoso al aire libre puede aportar beneficios físicos, mentales y socioemocionales, siempre que se trate de riesgos adecuados a la edad y no de peligros graves o evitables. La idea no es renunciar a la seguridad, sino permitir que los niños aprendan a evaluar situaciones y medir sus capacidades.
La Universidad de Exeter aportó datos cuantitativos relevantes: un estudio longitudinal con más de 4.000 niños encontró que quienes jugaban al aire libre con más frecuencia entre los dos y los cuatro años tenían más probabilidades de mantener un buen perfil de salud mental hasta los ocho años. Cada día adicional de juego exterior semanal aumentaba entre un 6% y un 14% las probabilidades de seguir en un grupo de baja sintomatología.
Otro trabajo vinculado a Exeter, basado en datos de 2.500 niños del programa Born in Bradford, relacionó el juego exterior con mejores habilidades sociales y emocionales, especialmente en la gestión de emociones, conducta y relaciones. Estos estudios apoyan la idea de que la experiencia de explorar sin control directo de un adulto aporta ventajas detectables en la salud mental y en la competencia social.
Los elementos que el juego en la calle ayudaba a desarrollar pueden resumirse así:
- Autonomía para moverse y tomar decisiones.
- Orientación y conocimiento del entorno.
- Resolución de conflictos entre pares.
- Tolerancia al riesgo y evaluación de peligros.
- Confianza y capacidad para probar y equivocarse.
El balance no aboga por un retorno acrítico a prácticas pasadas: el juego en la calle también implicaba accidentes y desigualdades, y no todos los espacios eran seguros. Sin embargo, después de décadas de intentar proteger cada minuto de la infancia, la evidencia subraya que la autonomía no aparece cuando todo está controlado.
Jugar en la calle no era valioso por la ausencia de adultos, sino porque ofrecía margen para probar, equivocarse, negociar y descubrir que uno podía arreglárselas. Esa capacidad para manejar el mundo sin que alguien lo organice todo es, según las investigaciones citadas, una de las habilidades más erosionadas.
La situación descrita por los trabajos consultados pone en primer plano la tensión entre proteger y permitir experiencias formativas. La conclusión que emerge de los estudios es clara: mantener espacios y oportunidades para el juego libre puede ser determinante en el desarrollo de competencias sociales, emocionales y de autonomía en la infancia.
